lunes, 31 de marzo de 2008

Consecuencias del insomnio

A la vuelta de estos días el insomnio, o quizás el reloj cambiado, hacen estragos. De resultas de ello, a estas horas de la mañana estoy más dormido de lo que debería. Y viendo lo que hay por ahí, casi prefiero que así sea. Bagdad convertida ya en una escombrera. Los Juegos, impertérritos, a ver quién es el guapo que se atreve a plantar cara y perder mercados. Z. ocupándose de las cosas que afectan directamente a los ciudadanos, como quería R. El baile de la rosa o el baile rosa, no me quedó claro. Más mujeres muertas.

A la vista de que todo sigue como antes, la soñarrera que me acosa es bienvenida. Todo se ve como una nebulosa un tanto extraña después de varios días atípicos que, no para siempre, uno querría prolongar.

Dormir, dormir, tal vez soñar.


(del diario somnoliento de un jardinero, marzo de 2008)

miércoles, 19 de marzo de 2008

In memoriam

The truth, as always, will be far stranger. Arthur C. Clarke dixit. Y será verdad: y por tanto aún más raro.

Abandono por unos días: buscaré jardines. Hasta pronto.

viernes, 14 de marzo de 2008

Jardín japonés



La piedra
entre la blanca arena rastrillada
no fue traída por la violenta naturaleza. Fue escogida por el espíritu
de un hombre callado
y colocada,
no en el centro del jardín,
sino desplazada hacia el Este
también por su espíritu.

No más alta que tu rodilla,
la piedra te pide silencio. Hay tanto ruido
de palabras gesticulantes y arrogantes
que pugnan por representar
sin majestad
las equivocaciones del mundo.

Tú mira la piedra y aprende: ella ,
con humildad y discreción,
en la luz flotante de la tarde,
representa
una montaña.

JOSÉ WATANABE

lunes, 10 de marzo de 2008

Silencio

La jornada de reflexión debería incluir un epílogo para políticos: por unos instantes, debería estarles prohibido analizar, justificar, enmarañar, echar arena a los ojos del contrario, maldecir al sistema que ¡oh, injusticia! no les ha dado lo que merecían. ¿O sí?

Sería sencillo. Sólo un silencio momentáneo que diera al pueblo la sensación de que, en efecto y durante un instante, ha tenido la última palabra.

Pero no paran.


(del diario de un jardinero, a lunes de diluvio postelectoral: y es que llueve a mares)

domingo, 2 de marzo de 2008

...y vuelta

Es difícil describir ese sentimiento. Paso en el tren a toda velocidad (otra vez los 300 pero no se notan, es más, por un momento sospecho que el número está trucado para hacernos creer que vamos tan deprisa; sólo las matemáticas no engañan: de Madrid a Zaragoza en hora y poco más, luego hemos de haber sacado una media muy alta que, seguramente exige esos 300 matenidos algunos minutos): paso en el tren, digo, viendo los lugares que me son familiares, los alrededores de S., que siempre he contemplado desde el lado opuesto. Los alrededores son, en realidad, una comarca amplia de unas pocas decenas de kilómetros de diámetro. Comarca que conozco bien pero no desde este lado inventado por el hombre, una vía tendida donde sólo había eriales y barbechos desangelados.

Pasan (paso, en realidad) unos pueblos que nunca vieron el tren: no dispusieron nunca de esa oportunidad de recibir el progreso o de salir pitando hacia un mundo mejor. Hoy ven el ferrocarril como un fugaz fantasma, rapidísimo. Los campos que despuntan en verde muestran esas islas de carrascas que parecen juntarse mucho para no mojarse los pies con el cereal que crece amenazándolas. Un mogote de rebollos muestra qué poca diferencia hay entre el invierno y la nada: unas ramas absurdas y unas pocas hojas secas y grises como los tomillos que se aferran a las margas suspendidas en los terraplenes del tren.

Una carretera sin señales, asfaltada y pintada, va de una parte del cuadro a otra, pasando de forma misteriosa bajo las vías: de dónde viene y a dónde va es otro enigma. Parece perfecta para circular y pararse a contemplar el tren, pero por ella no transita nadie.

A lo lejos, unas parideras raídas como ropa vieja muestran por sus grietas que tampoco en ellas puede acogerse nadie, ni siquiera una oveja descarriada con el lomo caliente y encrespado, oliendo a esa suciedad limpia y vieja que las hace simpáticas y estúpidas.

Pasa el MAVI, un hotel de carretera que hoy sigue siéndolo y que se mencionaba, con un nombre supuesto pero identificable en una novelita intrascendente para jovencitas bien escrita de Monserrat del Amo que leí hace medio siglo. El arco no se ve pero aquello de allá arriba es Medinaceli: del lado que no ve el tren se puede sentar uno en una piedra del camino de ronda y oir esos gallos que cantó Pound mientras se mira el valle que baja hacia Miño, y Sienes, y Torralba.

Es difícil de describir. Me atraen como postales las dehesas extremeñas con sus alcornoques viejos de las que vino mi padre, las montañas con sus bosques profundos en los que son posibles los personajes de Hamsun o de Mann. Echo tanto de menos el mar que para mí, hombre de tierra adentro, es incluso un tanto incomprensible ese anhelo que no puede explicarse sólo ancestralmente porque seamos hijos del limo y de las aguas. Soy, además, urbanita de los pies a la cabeza. De verdad. Y, sin embargo, cuando veo esas margas y esas piedras calizas y los tomillos grises y esas carreteras por las que no pasa nadie y esas islas de encinas abandonadas e imagino el pueblo de arenisca y siglos en el que he pasado tanta vida, siento que esta es mi tierra, que este es mi paisaje, que he llegado a mi casa.

A mi alrededor los móviles siguen sonando y un pobre memo contempla en su ordenador una película idéntica a la que ofrecen a los viajeros sin pc. Su descubrimiento del día ha sido que el AVE dispone de enchufes para los ordenadores. Ya no tendrá que aburrirse nunca más mirando el paisaje.

(del diario de viaje de un jardinero, marzo de 2008)

sábado, 1 de marzo de 2008

Ida...

Enésimo viaje a Madrid con la preocupación como tema de fondo para las variaciones de siempre. Rompo la monotonía yendo a Zaragoza con el coche y cogiendo el AVE. Tardo menos en llegar a Madrid que desde casa a la estación. Corredor del Ebro, pues.

Imposible leer en el viaje: los móviles no paran de sonar con las músicas más diversas y odiosas. Me coloco los auriculares y me pongo una sonata de Buxtehude. La música portable me aparta de esas otras músicas (insoportables) y me permite mirar por la ventanilla sin hacer caso a nada más. De reojo observo el panel que nos indica el destino, la temperatura exterior, la velocidad. Durante unos minutos el contador terco nos dice que vamos a 300 kilómetros por hora. Apenas un murmullo y un vaivén. Un túnel. El tren va presurizado de tal manera que no se siente la sobrepresión. A mí, que soy trenero, me sobrecoge esta exhibición de técnica impecable que nos permite llegar con cinco minutos de adelanto sobre el horario previsto.

En las afueras de Madrid, en medio de campos salpicados de remolques viejos, casamatas de hormigón y uralita, restos de una civilización semitécnica que deja paso a este pájaro que nos lleva, un cinta rosa, evanescente en la luz de mediodía: un camino que nadie recorre, flanqueado por una doble alineación de prunos en flor, como una aguada japonesa entre barbechos y bardas secas. Por un instante no sé si llego a Madrid o estoy a punto de ver el monte Fuji desde el tren-bala. Buxtehude, al que Bach admiraba tanto, me devuelve a la realidad. Europa, Madrid, mi casa de siempre.

(del diario de viaje de un jardinero, marzo de 2008)