Mostrando entradas con la etiqueta Los libros de la isla. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Los libros de la isla. Mostrar todas las entradas

viernes, 26 de octubre de 2007

Otra lengua

El colegio al que me llevaron en primera instancia enseñaba francés como segunda lengua. De aquél me queda un conocimiento básico, aunque no he dejado de avanzar como he podido en lecturas técnicas: mi conversación francesa sigue siendo rudimentaria, con mucho aparato gestual. Pero al llegar al segundo colegio, en un cambio del que me resentí y en el que, con el correr de los años, comprendí que había perdido más de lo que gané, sí hubo algo novedoso que me iba a llevar bastante lejos. En ese segundo colegio enseñaban inglés.

Cuando veo la cantidad de personas que todos los años inician el estudio de este idioma y compruebo el ínfimo nivel que sigue existiendo en la que ya se ha convertido en lingua franca y tiende a la omnipresencia, me doy cuenta de la suerte que tengo. Porque aprendí inglés y luego pude utilizarlo para ganarme (es un decir) la vida, haciendo de traductor. También me ha permitido viajar en condiciones relativamente ventajosas y, last but not least, me ha proporcionado alguna amistad y relaciones diversas. Aunque lo mejor que le debo al aprendizaje de esa lengua es el montón de libros que hoy se apilan en mi biblioteca y que he podido leer en su lengua original.

Todavía sigue ahí el primero de la lista, comprendido a trancas y barrancas con la ayuda incesante de un diccionario Cuyás de tapas rojas, el único a mi alcance entonces. The snow goose, de Paul Gallico tenía varias ventajas: era un libro muy delgado (apenas 50 páginas) con tipografía de gran tamaño, contaba una historia perfectamente olvidable (la he olvidado), y por lo mismo sin grandes complicaciones, y ofrecía un inglés bastante neutro, sin modismos excesivos o frases complicadas. Prueba de que todo no fue un camino de rosas es el enorme número de anotaciones que hice en sus páginas, traduciendo pacientemente los términos que desconocía. Ni me imagino sentado leyendo ante la mesa con el diccionario al lado y el lápiz en la mano, yo que siempre he leído cómodamente sentado y en aquella época leía también yendo al trabajo y volviendo de él: en metro y en autobús no era posible abrir libro y diccionario, buscar palabras y tomar notas. Pero debí, contra mi costumbre comodona o vaivenera, dedicar horas de mesa y apuntes porque las anotaciones han perdurado y demuestran lo poquísimo que sabía yo entonces. Headquarters, tram o expense aparecen todavía en el segundo volumen al que me lancé, convencido vanidosamente de mis habilidades: The third man, de Graham Greene, con casi ¡120 páginas! y letras mucho más pequeñas. Supongo que el resultado me dejó satisfecho porque he seguido hasta hoy aunque hoy, vanitas vanitatis again, ya rara vez anoto alguna palabra.

El hecho es que en mi isla hay unos cuantos ejemplares en otro idioma que no es el mío materno y que recuerdo haber leído con fruición y disfrutado no poco. Así, de memoria, la trilogía (pero sobre todo el primer tomo) de Titus y Ghormengast de Mervyn Peake, entonces sin traducir al español. No digo todo, pero casi todo Evelyn Waugh, y sobre todo aquella novela que dio lugar a una serie excepcional en la pobre televisión de entonces, Brideshead revisited. Unos cuantos sudafricanos que me interesaban por sus luchas anti-apartheid, como Alan Paton (Cry, the beloved country), o André Brink (A dry white season) o Zoe Wicomb (You can't get lost in Cape Town), aparte, naturalmente de Gordimer y, más tarde, Coetzee. De los americanos Bellow casi íntegro (ah, Henderson the rain king, The adventures of Augie March o Dangling man, qué novelas), algo de Hemingway, Kerouac (el inevitable On the road), Updike (Conejo nunca fue un favorito mío, prefiero sus relatos de Pigeon feathers and other stories), Ray Bradbury (tan mal traducido, y no sólo Farenheit 451 sino, sobre todo sus relatos dispersos, diversos, reunidos en volúmenes estupendos como One more for the road, o The Martian chronicles, aviesamente devualadas como título de un programa nocturno). De los ingleses, mucho de Iris Murdoch (su producción es casi inabarcable) con pequeñas obras maestras como A severed head, A fairly honourable defeat y The Italian girl. La densidad, a veces excesiva, de Lawrence Durrell (aunque qué espléndido su The black book), la ironía ligera y certera de Julian Barnes y, sobre todo, la gran obra de Naipaul.

De todo lo leído de este caribeño convertido en Sir, de humor variable y poco amigo de que le lleven la contraria, me quedo con el primer libro que leí, Miguel Street, que no es el más perfecto (cómo olvidar A bend in the river, que he releído varias veces, o las ya no tan recientes A way in the world, The enigma of arrival y Half a life, tan sabias). Las aventuras de Hat, Wordsworth, Popo, Bogart y demás, en un arrabal de Port of Spain (el Puerto de España fundado ya en el siglo XVI, y convertido en capital de la isla en 1757 por Pedro de la Moneda) persisten en mi memoria y me han acompañado gracias a la antigua insistencia de mi padre para que aprendiera inglés. La categoría ofrece una anécdota que habla mucho de aquellos años y de la persistencia de la memoria, selectiva y errática. En ese segundo colegio en el que aprendí las bases del inglés ponía el cura un magnetófono de aquellos de bobinas para que oyéramos la pronunciación que debíamos imitar. El método seguido era el conocido Assimil, con su manual de tapas duras amarillas (en nuestro caso titulado El inglés sin esfuerzo, pero daba igual, el libro era siempre el mismo con el nombre de la lengua cambiado, y siempre sin esfuerzo) y en él seguíamos las vicisitudes de los raros ingleses que salían de fin de semana en sus coches y sufrían atascos de tráfico, los chistes (sin gracia) que se contaban entre sí y algunas historietas sobre su pasado como aquella lección que hablaba de Robin Hood y del bosque de Sherwood sin venir a cuento. (Robin Hood lived in England many, many years ago. His father was Lord Huntington...). Llegamos a conocer y ha pasado a nuestro acervo cultural algún aspecto socioeconómico de su vida isleña y aislada. Justamente lo que ninguno de nosotros olvidó fue lo único que ninguno supo descifrar (ni tampoco yo ahora): qué intención oculta se escondía tras la primera frase que había que aprender, qué tenía que ver con la vida inglesa, misteriosa y lejana (ah, la pérfida Albión) y qué importancia tenía para aquellos de la circulación invertida, por encima de la reina madre, de la hora del té y de la caza de zorro. Qué quería decir, en definitiva, aquella expresión cuasi surrealista que encabezaba el método, la línea primera de la primera lección: My tailor is rich.

viernes, 27 de julio de 2007

Tiendas de pueblo

En S., el pueblo de todos los veranos, había dos tiendas casi seguidas en la misma acera de una calle empinada que subía hasta la catedral y, una tercera, una manzana más abajo, lo que, al tratarse de un pueblo, era una distancia más que modesta. Las tres fueron tiendas de mi infancia y todas tuvieron su importancia.

La que estaba más descolgada alimentó mis ansias de alquimista desnortado. Soñaba con descubrir algo (el qué, por su propia naturaleza, era desconocido e indescriptible) y me atontaba viendo aquellos tarros de vidrio, los cajones de madera con sus rótulos, las bolsas en el suelo, llenando anaqueles, agolpadas en la trastienda. Alumbre, sosa, azufre, silicatos de alúmina, cristales de bórax, goma arábiga. Hoy estará todo eso prohibido, regulado, restringido. No es que me parezca mal. Pero yo disfruté de los olores y la visión de esos productos y otros muchos, entonces al alcance de la mano y del bolsillo. Unas pocas pesetas bastaban para adquirir algunos que, mezclados convenientemente, producían el efecto deseado. Hablaré de esto y de fuegos artificiales en otra entrada próxima, porque tiene, también, que ver con los libros.

La siguiente era una perfumería-droguería que además de vender tintes, pinzas, horquillas, jabones y demás, vendía recortables y tebeos. Los había de todo tipo (y hoy pueden verse muchos de ellos en internet a precios astronómicos) y para mí, aquella tienda en la que se vendía colonia a granel vertiendo en el frasco que el cliente llevaba la fragancia pedida por medio de un embudo (y la fragancia a hierbaluisa, lavanda, limón, llenaba toda la tienda), era una fuente de sorpresas. De dónde sacaban esos tesoros aquellas dos mujeres ya mayores, hermanas, nietas del Rodrigo que daba nombre al negocio, repintadas hasta decir basta y que nunca habían salido del pueblo, yo no lo sé. Pero cada verano, la primera que se hacía a esta perfumería era una de las visitas más esperadas porque siempre había recortables nuevos. Y números atrasados de aquellos tebeos que, entonces, leíamos todos: Hazañas bélicas, Roberto Alcázar, Capitán Trueno. En un pueblo en el que no existía puesto de periódicos como tal y sólo una vendedora, Amalia, que esperaba la llegada del corto de Madrid hacia el mediodía con el paquete de prensa (alguna revista también) para luego cerrar hasta el día siguiente, poder hacerse con algunos tebeos descatalogados o atrasados era, sin duda, un lujo. Y con facilidad, porque por la perfumería y droguería que era aquella tienda pasaban obligadamente, las madres, las tías, las hermanas mayores: no tenían que decir el consabido "espérame aquí sin moverte, que ahora vuelvo", no. Entrábamos con ellas, mis amigos, yo, en aquel lugar eminentemente dedicado a las mujeres y escurríamos el bulto entre mostradores con tapa de vidrio que enseñaban barras de labios y toda clase de afeites. Detrás de la puerta, en una estantería escalonada, estaban colocados los recortables y los tebeos.

Pero la tienda principal, la que hoy viene al caso, era la primera, la más cercana a la catedral y frente a la cual, mis amigos del verano y yo sufrimos una evolución paralela a nuestro crecimiento desde la infancia a la primera adolescencia. Porque la tienda era, en realidad, un estanco: y primero compramos en él cerillas y velas para nuestros juegos y cajetillas para los mayores, luego tabaco para nosotros mismos (celtas, bisontes, algún chester de los que vendían sueltos) y, finalmente, libros. Aquel estanco, a partir de un cierto momento y durante el periodo relativamente largo de algunos veranos, fue también la única librería de S.

No puedo precisar las fechas pero tampoco importa. A veces el recuerdo se instala en una zona voluble de la memoria, algo escurridiza y caprichosa, lo suficientemente amplia como para acomodarlo y hacerlo parecer simultáneo a otros recuerdos que, con seguridad, no debieron coincidir. Pero aunque yo no esté interesado, la época no es difícil de discernir. Porque coincidió con la salida al mercado de aquella apuesta que fue Alianza Editorial y que nos marcó tanto (hablo por mí, claro, pero sé que a otros les ocurrió igual) que todavía hoy me sé de memoria (como seguro que otros los saben) algunos de sus títulos primeros: unos leídos entonces, otros años después. Ortega fue el número 1, con Unas lecciones de metafísica; Mozart (la biografía de Fernando Vela), Su único hijo (una novela de Clarín), Hacia la estación de Finlandia (un título que valía por sí solo y alimentaba toda suerte de conjeturas: ¿qué era aquella estación de un país tan lejano?), El año mil de Henri Focillon, Muertes de perro, Cuando las Cortes de Cádiz, Mahoma de Tor Andrae y, añadida a ésta, una biografía de Confucio. Algunos libros de cuentistas rusos, El mar blanco, de Yuri Kazakov y muchos libros de Hermann Hesse, empezando por El lobo estepario. Y Cesare Pavese, hoy casi olvidado con un libro de título misterioso también: Ciau Masino.

Una de las señas de identidad editorial era que, conservando el formato, cada libro tenía su propio estilo, su personalidad. Y las portadas (aquellas portadas de Daniel Gil), los lomos, sugerían y motivaban como ningún libro editado por aquí había sugerido y motivado antes. (Veinte años después estuve en la editorial por motivos que no vienen al caso y hablé con Javier Pradera, de quien se decía que leía todos los libros que publicaba Alianza y escribía personalmente los resúmenes que podíamos leer en sus contraportadas. Me faltó resolución para decirle que muchos de aquellos textos breves me habían llevado a la compra y a la lectura de algunos de aquellos libros. Estoy seguro de no haber sido el único y supongo que él era consciente de la gran influencia que había ejercido, y ejercía, todavía entonces.)

Alianza publicó en poco tiempo (cito de memoria) buena parte de la obra de Kafka, con un par de excepciones notables que sólo pude leer más adelante: El proceso y Carta al padre. El resto (aunque ahora tengo también la espléndida edición anotada y retraducida de Galaxia Gutenberg) lo leí, y lo conservo, en sus tomos de Alianza. La metamorfosis, El castillo (que yo, por mejor visualizarlo situaba en el propia población de S., con sus cuestas empinadas, sus gentes esquivas, su castillo derruido y habitado por gitanos), America, La muralla china y La condena, ambos con sus cuentos fascinantes ("Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta..."), las Cartas a Milena y también (aunque en otra colección que ya ha pasado por aquí, Alianza Tres) la correspondencia de F.K. con Felice Bauer. Un libro de compañía imprescindible era la breve, sustanciosa e ilustrada biografía de F.K. escrita por Klaus Wagenbach. Unos pocos años de efervescencia editorial (luego empezaron otras) en un páramo en el que la máxima suerte cultural era pertenecer a una familia con biblioteca: la mayor parte de los españolitos de entonces estaba más preocupada por el seiscientos y la lavadora que por las aguas estancadas en las que se vivía y los medios que podían ponerse para dejarlas atrás. Una aventura editorial que ofrecía títulos apenas oídos, libros nunca leídos: una renovación cultural de grandísimo calado. Siempre me lleva a pensar lo que yo, algunos de nosotros, debemos a iniciativas así. Somos lo que leemos, me atrevería a decir. Sobre todo, lo que leímos entonces, cuando el mundo parecía tan nuestro y tan posible. Y no son ajenas a este sentimiento de pertenencia, la tristeza y la desilusión que producen (aun siguiendo el comprensible signo económico y financiero de los tiempos) que las colecciones se achiquen, que los fondos editoriales se pierdan, que las editoriales desaparezcan y se conviertan en meras sucursales de proyectos a veces muy dudosos. ¿Cómo no entristecerse si eso se hace con algo que sentimos tan nuestro, que es, porque lo fue, de verdad, nuestro?

En aquel estanco que todavía veo con su mostrador al fondo (y tras él la trastienda diminuta que daba, apartando un cortinón oscuro, a un almacén en el que el tabaco olía a cercanía, a momentos íntimos, a algo que todavía no era una abominación social sino un placer compartido) y con sus vitrinas laterales con llave de seguridad (una precaución inútil, siempre estaban abiertas) en donde se exponían los libros que iban llegando y las novedades que podían apetecer los veraneantes, estuvieron vendiéndose durante varios veranos algunos libros fundamentales en la cultura de nuestro tiempo. El dependiente, hijo de la dueña, un hombre jovial, amante del alcohol y fumador empedernido (¿cómo podía ser de otro modo?) despachaba cuarterones, papel de fumar, cartones, chisqueros, cajetillas de rubio americano. Y vendía libros. Antes de envolver éstos (bolsas no había) los abría y pegaba en la primera página en blanco un sellito de papel dorado, un óvalo festoneado con el nombre en negro, en caligrafía inglesa, del estanco. Hoy, no pocos libros que ocupan lugar en mis estanterías tienen una marca oscura en su primera página, dejada por ese óvalo. La goma ha dejado de pegar pero el sellito, aun desprendido, sigue durmiendo entre esa página y la portada. Es su sitio, de ahí no se moverá.

[Post scriptum: Me voy de vacaciones y por eso no me ha importado alargar esta última entrada. Lo primero que hago (seguramente soy obsesivo) al preparar un viaje es organizar los libros que quiero llevarme. Una primera selección que luego cambia conforme avanzan los días y se acerca el momento de partir, añadiendo o quitando algún título. Finalmente, entran todos los elegidos (y alguno más, por si acaso), con algunos señalapáginas, en su bolsón correspondiente. Siempre pesan más de lo aceptable, pero lo doy por bien empleado. Como recuerdo de aquellos otros que se compraban en el estanco y que llenaron tantas horas veraniegas, he aquí algunos de los que hoy llevo en la maleta. Es el primer equipaje de verano; es posible que olvide los calcetines, pero no los libros.

Pelando la cebolla ha estado aguardando a este momento y el empujón decisivo me lo dio Santos Domínguez con su estimulante crítica (como todas las suyas). De Marías, en cambio, me llevo no sus artículos periodísticos sino la recopilación de sus ensayos literarios (Literatura y fantasma), de los que ya conocía alguno y que ahora aprovecho en su edición bolsillo para leer enteros. Me llevo El Danubio porque por allí voy a andar y pararé en Trieste: buena ocasión, supongo, de rendir homenaje a su autor triestino. Y los Dos pastiches proustianos de Vilallonga. No creo que sean suficientes para tantos días, pero añadiré alguno más por si se da el caso. Ni que decir tiene que volveré y que espero encontrar a todos los amigos por aquí. Hasta entonces, un abrazo a todos. Os deseo un buen verano y mejores lecturas.]

martes, 10 de julio de 2007

A la sombra de los castaños (en flor o no)

Aquel enero en que empecé a trabajar mi horario de lectura sufrió una reducción importante. Pasé de la vida de estudiante a la de empleado y eso me supuso, como a todo el mundo, menos tiempo libre y más cansancio. Aunque parezca mentira, había dispuesto de muchas horas en el cuartel para poder leer (el año anterior, durante aquel siniestro servicio militar, ya hablaré de mis lecturas de entonces) y el cambio al trabajo, aun liberador en más de un sentido, me medio cerró una espita que llevaba ya algunos años chorreando a modo.

El cambio llegó con la primavera. Me metí en un berenjenal de trabajo e iba por las mañanas a un sitio y por las tardes a otro. El resultado es que tenía que atravesar El Retiro (con buen tiempo no cogía autobuses ni metro, sólo caminaba por Madrid) y entre salir de un sitio y llegar al otro disponía de casi tres horas. No me compensaba ir a casa a comer y decidí tomar cualquier cosa en algunos de los bares cercanos y luego caminar plácidamente de uno a otro lugar bajo la sombra de los castaños de Indias. En esa época llevaba siempre un libro en la mano: para los trayectos en transporte público, para las esperas, para los momentos "cóncavos", como decía mi padre.

Paré por casualidad, el primer día, cerca de La Chopera. Entonces alquilaban bicis allí y había una enorme extensión abierta por la que los ciclistas inexpertos podían circular. Había también alquiler de sillas, aunque a las cóncavas horas de la comida nadie cobraba por sentarse en unas metálicas, de tijera, un tanto inestables si uno se inclinaba hacia un lado. Entre ellas y los bancos municipales de madera de patas retorcidas de hierro colado, pasé muchas horas sentado, en diversas zonas del parque, entre trabajo y trabajo, leyendo, a mitad de camino, literalmente suspendido entre el tráfico lejano, las obligaciones y el mundo exterior. Durante un par de horas, más o menos, sólo estábamos el libro y yo. Y el libro era una sucesión de ellos. Ya había leído a Borges y a Cortázar en alguna ocasión, pero en aquella primavera, y el verano hasta las vacaciones, devoré unos cuantos más de los que iba sacando Alianza, con Emecé o sin ella. Una lectura que me ensimismaba y me producía, a veces, escalofríos, era la de los relatos situados en Nueva Inglaterra, en aquellas casas de Innsmouth con aleros extraños. Hablo, claro, de Lovecraft y de su Necronomicón y algunos otras de sus narraciones.

Las horas daban para mucho. Repaso algunos títulos de las estanterías y cotejo sus fechas, con mi firma de entonces, y salen a relucir algún Joyce, varios Gide, Hermann Hesse (¡cómo no!), Mann (Las cabezas trocadas), Thomas Hardy (Jude el oscuro), Arthur Koestler (los cinco tomos de La escritura invisible) y demás (Camus, Sartre, Hamsun, Faulkner, Dos Passos), a los que iba descubriendo gracias a todas las editoriales que entonces (Franco no había muerto todavía) iban sacando cosas hasta entonces ignoradas por mí. Unos cuentecitos de Castelao y varias novelas de Aldecoa, algunas aventuras divertidas de García Pavón, Max Frisch (Homo faber), Pavese (todo lo que se podía, De tu tierra, El camarada), Svevo (el Corto viaje sentimental), Alfred Döblin y su Berlin Alexanderplatz.

Creo que nunca más he leído con esa misma intensidad, sostenida durante meses. Creo que entonces estaba descubriendo la literatura. Creo que entonces era joven.

lunes, 4 de junio de 2007

Magias

Había pensado digitalizar sólo la portada. Pero al colocar el forro en el escáner me di cuenta de que no podía ser: contraportada, lomo y una de las solapas (la otra sobresalía demasiado) formaban un todo inseparable.

Creo que puede verse lo mucho que esa solapa ha protegido el libro. Los de esta colección (Libros Reno, ya se ve) eran de Ediciones G.P., distribuidos por Plaza & Janés. Eran de papel malo, con una letruja casi imposible de leer y páginas y páginas de gozosa aventura por delante.

Mi abuelo, que como ferroviario recorrió de continuo la línea entre M. y B., tuvo que detenerse muchas veces en S., un pueblito un poco áspero, con ciertas ínfulas de ciudad episcopal y una postguerra poco agradecida. En la época en que todavía no era corriente, mi abuelo alquiló una casa y empezó a veranear entre viaje y viaje, cogiendo el tren que pasaba por (casi) la puerta de su casa. Allí se conocieron mis padres, de modo que cuando me señalan lo bobo que me pongo con los recuerdos de aquel pueblo, olvidan que me debo a él, literalmente.

Más adelante, mi abuelo compró una casa, en la que yo pasaba algunas noches durante el verano, admitido en medio de aquella sobriedad (y puede que tristeza) que le hacía llevar una vida rígida y en la que yo entraba, como nieto mayor y entonces muy niño, con la intención de romper la severidad del personaje. Cuando murió, mis padres compraron la casa a los demás herederos y nos trasladamos allí cada verano a lo largo de muchos años.

Decir verano, entonces, era otra cosa. Hoy observo que mis sobrinos, los hijos menores de mis amigos, van a campamentos (cercanos a su casa) y disponen de unas vacaciones fraccionadas y, seguramente, a su gusto. Entonces nos llevaban a S. (a mí y a mis hermanas, pero todos los que veraneaban allí hacían lo mismo) "por San Pedro". Y allí nos quedábamos hasta finales de septiembre, cuando comenzaba el colegio.

En aquella casa que había sido de mi abuelo, mis padres fueron acumulando, como era habitual para esas casas de verano en los pueblos, todo lo que no encajaba en Madrid. La casa era un batiburrillo de objetos que disfrutaban así, de una segunda vida. Algunos de esos objetos eran libros.

En el salón-comedor (la expresión es excesiva para una habitación grande que tenía el suelo y el techo correspondiente abombados en la zona del comedor y una decoración general rústica y desangelada) había dos nichos a modo de estanterías. Unas cuantas baldas acomodaban unas ristras de libros que no por bien ordenados ocultaban su ramplonería. Había novelas baratas, muchos ejemplares de Selecciones, un gran diccionario (el más grande que he visto en mis días: muchos años después compré un Webster completo y no era tan voluminoso) y algunos libros que formaban colección. Eran los "reno". Espigo en mi memoria algunos títulos y casi todos hoy se ven publicados en ediciones mucho más lujosas y atractivas: El hombrecillo de los gansos, La venus de las pieles, Shangai Hotel, La hora veinticinco, El enamorado de la osa mayor. No los leí todos. Cuerpos y almas, por ejemplo. O El alma se apaga. Pero devoré algunos de los que he citado y compré, no mucho tiempo después, unos cuantos más. Casi todos los de Knut Hamsun que leí estaban en esa colección: Hambre, Un vagabundo toca con sordina, Bajo las estrellas de otoño. Papini estaba en Gog. Tagore en Gora. Mann en La montaña mágica y en Los Buddenbrook.

Nunca es tarde para reflexionar acerca de la magia en que consiste la vida. Y hay muchas clases. Buena parte de ella consiste, sin más, en vivir y en saberse vivo. Pero hay otras. Y una magia persistente, lo tengo por seguro, no requiere más que volver la vista atrás y reconocerse en lo sucedido que nos ha hecho como somos. Un ferroviario decide un buen día detenerse en un pueblo. Piensa que será un buen lugar para el veraneo de sus hijos. Lo es después, y mucho, para sus nietos. Alguien compra unos libros baratos. Los lee, quizá no le gustan, tampoco los alaba. Sencillamente los coloca en una estantería. Y un verano tras otro, en los tres meses interminables, alguien saca tiempo (y a escondidas muchas veces, por miedo a que le nieguen ese placer) y los lee. Entre escapadas a las eras, pesca de cangrejos y excursiones en bici para bañarse en un río helado, saca tiempo para ensimismarse y viajar a otros lugares, mucho más lejanos. Es el azar el que nos forma: y va dejando su firma como recuerdos que, al hacerse presentes, en sus vicisitudes, nos dicen con claridad y firmeza quiénes somos.

Compré hace un par de años la bonita edición con nueva traducción de La montaña mágica. Pero me temo que nunca llegue a leerla: Hans Castorp, Settembrini, Naphta, Clawdia Chauchat, Joachim habitan otro libro.

martes, 17 de abril de 2007

Queríamos tanto a Julio

Un 12 de febrero fue motivo de sarcasmo cuando aquel carnicerito llorón que el general designó para una ficción de apertura se inventó una participación de opereta en el año 1974. El que se llamó "espíritu del 12 de febrero" nos hizo reír a muchos para poder, al menos con el humor, conjurar los negros nubarrones que veíamos cernirse sobre un futuro que, como se vio después, estaba a sólo año y medio de distancia. Por fortuna, aquel espíritu, el general y su carnicerito llorón eran ya (aunque no lo sabíamos y aún habían de costar mucho dolor), casi, historia.

Otro 12 de febrero nos hizo, en cambio, llorar a muchos. Yo aún recuerdo el sentimiento de estupor que sentí al escuchar la noticia por la radio. Trabajaba entonces en la periferia sur de Madrid y supongo que mis sentimientos más "rojos" (nunca lo he sido tanto) estaban a flor de piel. Las Malvinas y Thatcher no quedaban tan lejos. Bien presentes, las huelgas de los mineros británicos o la ridícula pero amenazante presencia de Reagan. La serie televisiva "V", entretenida y bien hecha, sirvió para que el actor presidente fuera representado en esas ocasiones como un lagarto disfrazado. No se me olvida, creo que fue en el 85, la sucesión de manifestaciones contra su visita y la política de la que se nos quería hacer partícipes.

Mi memoria de aquel invierno es la de una época muy gris: el culmen fue aquel 12 de febrero, un día, por el contrario, radiante y luminoso en Madrid, si no recuerdo mal. Mi viaje en metro hasta Atocha. El cercanías hasta Fuenlabrada. Y todo el rato, compartido con algunos de mis compañeros de tren y de trabajo, pensando lo mismo: ha muerto Julio Cortázar. Excuso decir que tardé en creérmelo; hasta constatarlo en los periódicos del día siguiente.

Releí algunos cuentos entonces. Los sigo releyendo ahora, a salto de mata. Me vienen a la memoria algunos títulos que suenan hoy como claves para iniciados: Lugar llamado Kindberg, Continuidad de los parques, Casa tomada, Queremos tanto a Glenda, Las babas del diablo, Cefalea, Apocalipsis en Solentiname, Orientación de los gatos, Botella al mar, La autopista del sur (no hay atasco en el que me vea ahora que no me recuerde este cuento, supongo que es algo general para los lectores del argentino), El perseguidor, La isla a mediodía (¿quién no quiso entonces volar al Egeo?) o Manuscrito hallado en un bolsillo (yo que fui usuario del entonces modesto metro de Madrid tanto tiempo, llevé en el bolsillo el plano del de París para seguir en la lectura los movimientos subterráneos y azarosos del protagonista).

Habría tantos nombres y títulos que decir que no quiero convertir esta entrada en un monumento grabado de arriba a abajo. Prefiero el hueco que su silencio nos dejó entonces. Dejo escrito sin embargo que mi entrada en este mundo de las bitácoras viene determinada por Julio Cortázar: porque de las primeras que leí y que me mostró el modo de hacerlo (un modo que envidio, por cierto) y la primera, si no recuerdo mal, en la que dejé un comentario (dicho sea de paso, pedante) es aquella cuyo nombre alude al título del libro más famoso de Cortázar y con cuyo autor (aun sin conocernos personalmente) tengo una relación bitacorera de amistad, me atrevería a decir.

Hay un texto algo críptico y muy hermoso, breve, de Julio Cortázar, titulado Prosa del Observatorio. No es, ni mucho menos, el primero que compré de él (antes estuvieron muchos otros, como por ejemplo este de portada, en el diseño original de la colección Alianza Tres, también del año 74). Termina con una frase que sigue formulando el deseo de que seamos lo que debemos ser y no lo que los carniceritos, Thatcher, Reagan, nuestro general (y sus colegas argentinos que tomaron las Falkland) y los que son como ellos quisieron y quieren de continuo que seamos:

pero lo abierto sigue ahí, pulso de astros y anguilas, anillo de Moebius de una figura del mundo donde la conciliación es posible, donde anverso y reverso cesarán de desgarrarse, donde el hombre podrá ocupar su puesto en esa jubilosa danza que alguna vez llamaremos realidad

El texto, escrito en París en 1971, sigue, me parece a mí, teniendo vigencia. Valga como homenaje y recuerdo emocionado, aunque sólo sea por la cantidad de horas de mi vida (en lecturas de sillón y de bamboleo en el metro, en los parques continuos y en las playas de las vacaciones) que, como tantos otros, le he dedicado. Y por todas las que, en esa supuesta isla, le seguiré dedicando..

martes, 27 de marzo de 2007

Un puesto de libros

A finales de los 60, había en Madrid un puesto de libros (una tabla sobre dos borriquetas) en la esquina de la calle Princesa con Benito Gutiérrez. Tenía un poco de todo, pero los volúmenes estaban relativamente bien ordenados. No recuerdo quién lo atendía, pero sí creo que se alternaban un hombre y una mujer que me parecían, entonces, mayores. El puesto desaparecía cuando había jaleo en la universidad o manifestaciones en aquel tramo, muy socorrido para esas actividades porque tenía muchas calles en las que despistarse, bares en los que entrar y confundirse con otros estudiantes, bocas de metro que engullían a los que habían dado "el salto". En alguna ocasión, la policía (aquellos grises) interrumpía el comercio de aquel puesto y se llevaba la mercancía u obligaba a cerrar.

Recuerdo que había publicaciones prohibidas. Libros sobre marxismo. Textos de Heleno Saña, Rosa Luxemburgo, Engels, Mao. También literatura de creación. Cosas de León Felipe, Arturo Barea, Alberti. Los tomos estaban entreverados con literatura "aceptable" y, a veces, ocultos bajo ella. Yo adquirí allí algunos de los (no muchos) volúmenes de Losada que ahora poseo. Mi memoria me juega una mala pasada, porque creí haber comprado algún Neruda, y no: uno de ellos lleva la etiqueta inequívoca de una librería y por las fechas de adquisición todos debí comprarlos así. Aun sin recordar los detalles exactos, creo que El mito de Sísifo y La caída, quizá Ángel fieramente humano y algún Sartre procedan de aquel puesto. Mi primera novia en serio me regaló en el 70 la edición del Canto a mí mismo de Whitman, en la versión extravagante y sugestiva de León Felipe. En todo caso, cuando veo algún libro de aquella editorial, para nosotros, en aquella época, mítica y admirable, recuerdo con qué afán leía, no sólo el texto correspondiente, sino las páginas finales en las que la editorial hacía constar todos los libros publicados (Rilke, Roa Bastos, Sábato, Tagore, Moravia, muchos más). Soñaba yo entonces con que algún día los adquiriría todos y formarían un frente impecable en la biblioteca que llegaría a tener.

La realidad hoy es más modesta. Apenas tengo más de una veintena, aunque en las ferias de ocasión y librerías de viejo que muy ocasionalmente visito, me fijo en ellos y si hay alguno poco maltratado (el papel era malo y endeble) lo compro, no tanto por el contenido (que quizá ya tenga en otro volumen) como por aumentar mi escasa colección de unos libros que me recuerdan, indefectiblemente, otros tiempos.

Aparte de Camus, que ya vendrá por aquí bajo otro encabezamiento, Pablo Neruda fue uno de los primeros poetas que leí. Otero, Celaya, Machado, Rilke, Whitman y Hernández fueron, desde luego, otras lecturas primeras, pero en Neruda, no en el versificador político que alababa a Stalin y que yo desconocía sino en el fabricante de imágenes brillantes y de versos épicos, empecé a descubrir algo distinto de lo que por poesía me habían hecho entender en el bachillerato.

De los muchos libros que luego compré y leí de Neruda, hay un volumen pequeño, mal impreso, de letras grandes y composición tipográfica lamentable, que contiene treinta poemas y lleva un título llamativo: Las piedras del cielo. En medio de esa pobreza gráfica y formal, cada piedra que aparece en este librito ofrece un destello de algo que quizá sea la inmortalidad, en un texto que los críticos juzgarán, seguramente, menor, en la trayectoria del poeta. Inmortalidad geológica, por una parte, y eso me llamaba la atención: cómo y por qué un poeta dedicaba un libro entero a las piedras (rocas para los geólogos, véase un comentario, al paso, como no podía ser menos, en ese excelente blog que es OBITER DICTA). Y por otra, inmortalidad de las palabras utilizadas como herramienta descriptiva, táctil, poética. El libro está lleno de subrayados (en una época en que no había leído todavía a Eco ni seguido sus consejos de subrayado y anotación para "apropiarse" del libro leído) y éstos me remiten a muchos versos que, pese a mi notable incapacidad para retenerlos, conozco casi de memoria.

Me gusta especialmente este poema, que he leído muchas veces:

Yo te invito al topacio,
a la colmena
de la piedra amarilla,
a sus abejas,
a la miel congelada
del topacio,
a su día de oro,
a la familia
de la tranquilidad reverberante:
se trata de una iglesia
mínima, establecida en una flor,
como abeja, como
la estructura del sol, hoja de otoño
de la profundidad más amarilla,
del árbol incendidado
rayo a rayo, relámpago a corola,
insecto y miel y otoño
se transformaron en la sal del sol:
aquella miel, aquel temblor del mundo,
aquel trigo del cielo
se trabajaron hasta convertirse
en sol tranquilo, en pálido topacio.


Ya se ve que aquí está el Neruda del detalle, la reiteración, la mirada poética sobre aspectos mínimos de la naturaleza, como el color de esta gema. Después de él, en mis lecturas y en la poesía, vinieron muchos, algunos con una deuda indudable hacia el poeta que vivió brevemente en Madrid, en la Casa de las Flores, que queda justo en la esquina de enfrente de esa otra en la que yo veía sus libros expuestos, precariamente, sobre un tablón, sujetos a los vaivenes de los transeúntes y a las cargas de la policía de esa dictadura a la que no quiso dejar de combatir con sus versos. Estos u otros.

lunes, 26 de marzo de 2007

Los libros de la isla

¿Qué libro se llevaría usted a una isla desierta?

Típica y tópica, la pregunta no tiene respuesta. Primero, porque no me voy a una isla desierta (aunque las ganas crecen). Segundo, porque no quiero restringirme a un solo libro; me llevaría muchos. Tercero, porque estoy aprovechando el trasfondo de selección que exige la pregunta para releer, y a cada libro que releo me salen más candidatos. En no pocas ocasiones caigo en la cuenta de que estos libros de la hipotética lista siempre han estado ahí, me han acompañado de casa en casa, en todas mis vicisitudes. Cuarto, espero no tener que hacer ya más mudanzas. No solamente el saber de los libros ocupa lugar, sino que pesa una enormidad (cuento un mínimo de siete mudanzas acarreando mis libros, más numerosos a cada una de ellas, y seguro que se me olvida alguna. Después de la tercera, la desesperación me venció. Acudí a la Biblioteca Municipal del pueblo del que me iba y pregunté si admitían donaciones. Regalé cerca de 450 libros. Lo peor es que la Biblioteca estaba en unas dependencias municipales, en un 2º piso sin ascensor. El Bibliotecario era un septuagenario, ya jubilado, que trabajaba por amor al arte. No iba él a ayudarme a subirlos. Con sinceridad: ¡bien poco me quejo de mis lumbalgias recurrentes!). Y quinto, sé de buena tinta que ya no quedan islas desiertas.

En resumidas cuentas, que, más que un libro, llevaría un baúl completo. Iré ofreciendo aquí su contenido. De ese baúl iré entresacando algunos títulos que, hoy, me siguen pareciendo significativos. Trataré de dar al texto su contexto, de ofrecer una historia paralela o, al menos, un marco que se parezca al de su adquisición, al de su primera lectura, unas fechas, quizá algún nombre. Será una manera de rememorarlos y compartirlos con todos los que pasen por aquí. Y de animarles a la lectura, si se dejan; puede que algunos de ellos guarden para alguien cierta novedad. Será, así, no sólo un canto a la nostalgia sino también una puesta al día entre tantas novedades inanes y tan livianas que desaparecen con el primer rayo de sol, o la primera lluvia.

Si una persona es los libros que lee (¿quién dijo esto?) esta sección de la isla desierta acogerá entonces algo, o mucho, de lo que soy.