La felicidad nunca es completa, no. Después de una visita a un jardín que nos va a servir (prefiero creerlo así, el tiempo se encargará de rebajar las esperanzas) para albergar una buena colección botánica, entramos en el edificio.
Olía a comida, al fin y al cabo ha sido seminario y sigue valiendo todavía como refugio para colegios y gentes de paso. Pasillos luminosos, olor a fregaza y puertas que dejan entrever recovecos que nadie visita. Un televisor en marcha en una habitación vacía. Un atisbo de la sacristía, con un largo estante de adornos hechos con rosas de plástico para las ocasiones grandes. Una mirada a la capilla, que huele, como olían todas, a cera y aire cerrado. El salón de actos, vacío, sin sillas, sin colgaduras. Una pizarra con un pentagrama vacío. Un piano alemán de pared, desvencijado que tiene las teclas descascarilladas. Me atrevo a pulsar alguna. Suena.
Y de pronto, una sala de techo alto y mucho polvo. La biblioteca. Anaqueles, baldas medio caídas, desolación. Muchos libros, todavía con cierto orden. Miro los estantes de filosofía. En ellos se cuelan también, es inevitable en un seminario, algunos tomos de teología, historia de la iglesia, mariología. En medio de tanto volumen de lomo destrozado y tejuelos ilegibles, saltan algunos títulos, algunos nombres que invitan a hojear, a detenerse en la lectura. Algunas obras traducidas de Georg Simmel, el filósofo alemán que formuló una filosofía del paisaje. El Fedón platónico en una edición en griego. Algo de Balmes, Ortega. No veo a Descartes, Kant, Hegel. Sería mucho pedir. La demás estanterías andan igual. Tendrán algunas joyas y mucho relleno.
Ya saliendo, tres tomos encuadernados en azul, numerados: I, II, III. Los abro. Quiero creer que hay en ellos algo que me obliga a hacerlo. Son los primeros números de Papeles de Son Armadans, año 1959. Supongo que valen dinero, pero sobre todo me llaman la atención por lo que fueron. Quisiera llevármelos, al menos uno de ellos. Sería un recuerdo perfecto de este lugar que va a desaparecer enseguida. Van a venderlos a un librero de viejo que los pagará al peso, sin mirar, y luego clasificará y revenderá. Algunos libros antiguos, del XIX o incluso antes, muy caros.
Nadie me ve, puedo hacerlo. Pero no me atrevo.
Salgo con las manos vacías y sucias de polvo. Quizá con la conciencia tranquila pero lamentando que la felicidad sea siempre tan imperfecta.
Siempre incompleta.
Olía a comida, al fin y al cabo ha sido seminario y sigue valiendo todavía como refugio para colegios y gentes de paso. Pasillos luminosos, olor a fregaza y puertas que dejan entrever recovecos que nadie visita. Un televisor en marcha en una habitación vacía. Un atisbo de la sacristía, con un largo estante de adornos hechos con rosas de plástico para las ocasiones grandes. Una mirada a la capilla, que huele, como olían todas, a cera y aire cerrado. El salón de actos, vacío, sin sillas, sin colgaduras. Una pizarra con un pentagrama vacío. Un piano alemán de pared, desvencijado que tiene las teclas descascarilladas. Me atrevo a pulsar alguna. Suena.
Y de pronto, una sala de techo alto y mucho polvo. La biblioteca. Anaqueles, baldas medio caídas, desolación. Muchos libros, todavía con cierto orden. Miro los estantes de filosofía. En ellos se cuelan también, es inevitable en un seminario, algunos tomos de teología, historia de la iglesia, mariología. En medio de tanto volumen de lomo destrozado y tejuelos ilegibles, saltan algunos títulos, algunos nombres que invitan a hojear, a detenerse en la lectura. Algunas obras traducidas de Georg Simmel, el filósofo alemán que formuló una filosofía del paisaje. El Fedón platónico en una edición en griego. Algo de Balmes, Ortega. No veo a Descartes, Kant, Hegel. Sería mucho pedir. La demás estanterías andan igual. Tendrán algunas joyas y mucho relleno.
Ya saliendo, tres tomos encuadernados en azul, numerados: I, II, III. Los abro. Quiero creer que hay en ellos algo que me obliga a hacerlo. Son los primeros números de Papeles de Son Armadans, año 1959. Supongo que valen dinero, pero sobre todo me llaman la atención por lo que fueron. Quisiera llevármelos, al menos uno de ellos. Sería un recuerdo perfecto de este lugar que va a desaparecer enseguida. Van a venderlos a un librero de viejo que los pagará al peso, sin mirar, y luego clasificará y revenderá. Algunos libros antiguos, del XIX o incluso antes, muy caros.
Nadie me ve, puedo hacerlo. Pero no me atrevo.
Salgo con las manos vacías y sucias de polvo. Quizá con la conciencia tranquila pero lamentando que la felicidad sea siempre tan imperfecta.
Siempre incompleta.
(del diario de un jardinero, mayo de 2007)
