miércoles, 7 de noviembre de 2007

Elegía de un parque


Se perdió el laberinto. Se perdieron
todos los eucaliptos ordenados,
los toldos del verano y la vigilia
del incesante espejo, repitiendo
cada expresión de cada rostro humano,
cada fugacidad. El detenido
reloj, la entretejida madreselva,
la glorieta, las frívolas estatuas,
el otro lado de la tarde, el trino,
el mirador y el ocio de la fuente
son cosas del pasado. ¿Del pasado?
Si no hubo un principio ni habrá un término,
si nos aguarda una infinita suma
de blancos días y de negras noches,
ya somos el pasado que seremos.
Somos el tiempo, el río indivisible,
somos Uxmal, Cartago y la borrada
muralla del romano y el perdido
parque que conmemoran estos versos.


JORGE LUIS BORGES, Los conjurados


(N.B. Este jardín no puede ser más que para C. y J.C. por su acogida y su amistad y porque C. lo conoce bien, y con motivo)

lunes, 5 de noviembre de 2007

Sinapsis

Le doy vueltas a cosas mientras vuelvo a casa conduciendo. Me sonrío para mí (M. va dormida en el asiento de al lado) al caer en la cuenta de que una de las ideas recurrentes en estos trances es la de pensar "de dónde venimos", "adónde vamos". En nuestro caso está claro. Pero mientras cae la luz pienso en cosas que se me escapan raudas, como los coches que haciendo caso omiso de los puntos nos adelantan. La amistad, por ejemplo. O en lo que cuatro años en la vida de alguien significan. O en el cumpleaños, que se avecina imparable. En los letreros bilingües de las carreteras, que cambian con la comunidad autónoma. En las vacas que pastan no lejos de la carretera, impasibles.

Life is what happens to you while you're busy making other plans, decía Lennon. Quizá la vida misma sean los planes, los pensamientos fugaces, entrecruzados, que no podemos perseguir, las luces fugitivas de los que pasan a nuestro lado.


(del diario de un jardinero, noviembre de 2007)

jueves, 1 de noviembre de 2007

Los muertos

a M.

Paseando el otro día por Madrid, vi a una chica que esperaba a alguien. No miraba impaciente, no jugaba con su móvil, no se atusaba el pelo, no paseaba. Apoyada en una esquina, con la pierna izquierda levemente levantada y apoyada la suela del zapato en el ángulo que la pared formaba con el suelo, ajena al revuelo que había a su alrededor, tarde de sábado, zona comercial, centro de la ciudad, leía.

Sus dedos dejaban ver el libro y en su portada, en una edición tan nueva como la chica misma, estaba escrito: James Joyce, Dublineses. Valgan las últimas frases de ese libro singular para estos días de otro ajetreo que apenas significan nada:

Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos.

(del diario de un jardinero, uno o dos de noviembre de 2007)