miércoles, 14 de noviembre de 2007

Una de esas tardes

Es una de esas tardes, lo sé. Durante el día, algunos motivos de irritación y muchos de cansancio. Los dos o tres aprovechados de siempre que se aprovechan porque los que deben impedírselo miran directamente hacia otro lado. Una larga lista de cosas pendientes que, cierto, van saliendo adelante, pero tan lentamente que a veces desespera. En los pasillos, los cafés, los periódicos, la aburrida conversación (pocos hablan del trasfondo del asunto y aún menos los que tratan de adivinar las consecuencias, yo anticipo que serán desfavorables) sobre las famosas cinco palabras reales. Un hueco para la separación. Pienso que yo también estoy separado y divorciado. No es un trago de gusto, en ningún caso. Completa la lista de chascarrillos el infumable comunicado (habrá que oír sus letras) de ese músico bebedor y pendenciero que demuestra a las claras que no aprovechó su bachillerato pagado por todos (lo mejor para su vanitas es que los pasajeros, casi todos mexicanos, no le conocían de nada). La noche que ya se ha cernido sobre esta ciudad. Mañana se anuncian lluvias y una máxima de 8ºC. ¿Lloverá donde viven mis hijos? Me da demasiado pereza comprobarlo en la red. El ruido del tráfico que no cesa. A veces no sabe uno qué demonios echa de menos si es que lo que a uno le ocurre es echar de menos algo. Chi lo sá.

(del diario de un jardinero desazonado, noviembre de 2007)

martes, 13 de noviembre de 2007

Cifras

Cuando niego la existencia de los dioses, me digo a mí mismo que olvido una parte esencial del ser humano. Porque yo mismo, valga la celebración de cumpleaños como ejemplo, me someto con gusto a ciertas ceremonias privadas que privilegian un día, un momento, una situación, memorables. Y esas ceremonias no son otra cosa, sigo diciéndome, que el gusto por lo arcano, por lo esotérico. Por la creencia de que no es lo mismo el número 50 que el 56, de que no es igual el elemento 100 que el 78 y de que, en definitiva, esos números que no entendemos (la matemática subyace a todo) significan algo que, de otro modo, se me escaparía.


Aun así, niego la existencia de los dioses al tiempo que levanto mi copa para brindar por el futuro. Como si el futuro, antes de ser presente, fuera también algo. Supongo que hoy me he levantado raro.


(del diario de un jardinero, un poco más provecto, noviembre de 2007)

viernes, 9 de noviembre de 2007

Que le den

Siendo una calle peatonal, y esta hora imprecisa, la mujer, sesenta y muchos, anda despreocupada, en diagonal entre las dos aceras. Sólo ella y yo en este tramo sin coches. De pronto se detiene. Y empieza a murmurar cosas agitando los brazos. Una loca, pienso. Tan bien vestida. Tan apañada. Conforme me acerco, abre el bolso. Caigo en la cuenta entonces. El móvil. Y efectivamente, cuando paso a su lado, la permanente perfecta, el traje de chaqueta impecable, los labios bien pintados, el bolso de imitación a los caros, mete en el bolso su mano y busca el teléfono, ahora ya está claro, mientras habla en voz alta: "mira tú ahora, quién será, coña, que no lo encuentro, pero dónde..." y el sonido del timbre, o más bien la melodía esa que conocemos todos, tiroriro tiroriro tiroriro tiiii, deja de sonar en tanto rebusca. Y entonces, con el mismo gesto con el que buscaba en el hondón de su bolso, pastillero, cartera, pañuelos de papel, libreta de la caja, una cajetilla de rubio atisbé al pasar, le cierra la cremallera y condena el intento de comunicación diciendo: "hala, ahí te quedas, que no te puedo encontrar, que te den". Y oigo la cremallera que se cierra otra vez, y ella sigue su camino, ya por detrás de mí, camino del café con leche, el croissant y el pitillo con las amigas en esta tarde no menos imprecisa que la hora.

No deja de ser un contrasentido llevar un móvil para estar localizados y no dar con él. Paradojas, supongo. O que le den.

(del diario de un jardinero paseante de horas imprecisas, noviembre de 2007)