sábado, 20 de septiembre de 2008

Interioridades

Al principio, pensé que eran las gafas. No obstante, me llamó la atención que si me las cambiaba por otras (soy miope y tengo también gafas de sol graduadas), siguiera oyéndose el ruidito. He pasado años creyendo que mis gafas lo producían, unas y otras, redondas, y cuadradas, de sol o con cristales claros.

Por fin, el otro día, me aventuré a hacer la comprobación que hasta entonces no había atrevido a hacer. Cuando caminaba con paso enérgico hacia mi coche, oí el ruidito (no siempre suena). Y entonces, en un rasgo de arrojo, me quité las gafas (veía lo suficientemente bien el bordillo, y los árboles de la acera y, por aproximación, porque recordaba más o menos dónde lo había dejado, mi utilitario) y seguí andando enérgicamente, con las gafas en la mano.

Lo oí. Clarísimamente. No eran las gafas. Era mi cráneo, que en alguna de sus junturas, en alguno de sus huesecillos de nombre desconocido por mí pero que conforman mi sistema auditivo o mandibular o protegen mi menudo cerebro, chasqueaba perceptiblemente a cada paso brusco que daba.

Me puse otra vez las gafas. No tenía sentido dar un traspié además de llevar un metrónomo indeseado de mis pasos en la cabeza.

(del diario de un jardinero sonoro, septiembre de 2008)

5 comentarios:

Laurentina dijo...

Vaya... Pensé que era la única. ¿Defecto de fábrica, tal vez?

marideliwes dijo...

¿Estrés? Ya sabes: ocuparse, no preocuparse :-) Me parece que te toca médico. O ¿qué pasa? ¿que los jardineros no tenéis que ir al médico?

amart dijo...

Amigo FPC, no sé a qué puede obedecer el ruidito. Pero tranquilízate, estoy seguro de que no lo produce la mala conciencia.
Un abrazo.

marideliwes dijo...

¿Cómo va?

Jin dijo...

esto puede ser hasta agradable, no? tener vistas (miopía) y música (ruiditos) propias en la vida, sin tener que soportar las indeseables... y además pasearte en tu propio jardín, un lujo!