miércoles, 13 de junio de 2007

Fábula

Ayer se presentó el número 22 de la revista Fábula, universitaria sí, pero con ganas de ser algo más. Ya su larga andadura permite hablar de éxito, pero no sólo el tiempo da la medida de lo que vale. La lista de firmas es larga y abunda en personajes literarios de primera. Mencionar a algunos es siempre odioso por los que no se mencionan (y, razonablemente también, por los mencionados porque no todos los aprecian en igual medida) pero en el buen entendido de que algunos nombres espigados dan una cierta pista acerca del contenido y las intenciones del receptáculo, basten los de Andrés Neumann, José Jiménez Lozano, Bernardo Sánchez, Andrés Barba, Fernando Schwartz, Luis Alberto de Cuenca y Juan Manuel de Prada. Súmese a estos una colección más que amplia de escritores locales o regionales, algunos conocidos fuera y se tendrá una idea de la enorme labor que la revista, sus patrocinadores y los que la mantienen con vida número tras número (María Luisa Lázaro y Eugenio Sáenz de Santamaría, muy notoriamente) llevan haciendo desde hace tiempo, diez años ya.


Luis Alberto de Cuenca actuó ayer de padrino literario, lo que le sirvió así mismo para dar pistas sobre su obra, recitar unos versos sentidos y significativos (la "lola muerta en un ford", por ejemplo) y explicar con muy buen juicio en qué consiste, para él, escribir poesía. Un rato impagable, en el mejor estilo literario, reposado e irónico, en una tarde de martes de calor y expectativas municipales en Logroño.


Gracias a los buenos oficios de Carlos Villar Flor, director de la revista, tuve la oportunidad de presentar al presentador, a quien sólo conocía por sus quehaceres literarios. Pero parece que no lo hice mal y salvo una broma amable, y merecida, acerca de unos versos de Persio-Cuenca, la velada resultó muy bien (como el resto del día, con la comida y la sobremesa) y unos cuantos terminamos tomando unos vinos por El Laurel y hablando del día y sus afanes, sacando además a relucir otras afinidades que no sólo eran el Madrid de los 50 y los mismos barrios en que jugamos de niños, sino otras muy sustanciosas como por ejemplo la común admiración por la obra de Mervyn Peake, cuyo Titus Groan, primera parte de su trilogía, bastaría para hacerle un no pequeño hueco en la literatura fantástica universal del siglo XX.

4 comentarios:

Jorge Ordaz dijo...

Mis saludos a Carlos Villar, a quien conocí en Oviedo cuando estaba en la redacción de la revista universitaria Pretexto.

FPC dijo...

Los transmitiré de tu parte.
Un saludo.

Anónimo dijo...

Buena crónica, jardinero. Hora es, me parece, de que seas tú el presentado. Uno empieza a estar ahíto de tragar juntapalabras con ínfulas de vates (ínsulas, diría más de uno). Supongo que en el Parnaso se reservará el derecho de admisión. Un abrazo.

FPC dijo...

Anónimo, qué quieres que te diga. me halagas mucho con tu comentario, aunque no sé muy bien para qué me presentarían... no tengo yo mucha obra publicada. Pero te lo agradezco de todos modos.
Un abrazo.